Un nacimiento sin nombre
El 25 de mayo de 1912, en el palacio Changdeok de Seúl, nació una niña que pasaría cinco años sin nombre. Su padre era el emperador Gojong, el último monarca de la dinastía Joseon, que había gobernado Corea desde 1392 durante más de cinco siglos. Su madre, Yang Gwi-in, era concubina de palacio, y esa sola circunstancia bastó para que la recién nacida fuera tratada, durante los primeros años de su vida, como si apenas existiera.
Durante ese tiempo, la niña fue llamada simplemente Agi, que significa “bebé” en coreano. Solo en 1917, cuando tenía cinco años, su padre logró convencer al Gobierno General japonés —que controlaba el país desde la anexión de 1910— de registrarla oficialmente como miembro de la familia imperial. Así nació la princesa Deokhye, tarde y contra corriente.
En todos los sentidos, era una princesa sobre el papel. La dinastía que representaba ya no tenía poder real. Corea había sido anexada formalmente por el Imperio de Japón dos años antes de su nacimiento, y el título de Gojong no era más que una formalidad que los ocupantes permitían para mantener cierta apariencia de continuidad. En ese mundo de ceremonias vacías y control extranjero creció la última princesa de Corea.
El amor de un padre, la amenaza de un imperio
A pesar del sombrío trasfondo político, los primeros años de Deokhye fueron relativamente felices gracias al profundo afecto que su padre sentía por ella. Gojong, que ya tenía 59 años cuando ella nació, la convirtió en la niña de sus ojos. Consciente del peligro que la ocupación japonesa suponía para la familia real, el anciano emperador hizo todo lo que estuvo en su poder para proteger a su hija.
En 1916 fundó un jardín de infancia en el palacio Deoksugung específicamente para ella, decidido a negar a las autoridades japonesas cualquier pretexto para enviarla a Japón, como ya había ocurrido con sus hermanos mayores. Pero sus medidas defensivas no terminaron ahí. En 1919, con la esperanza de arraigar firmemente a su hija en suelo coreano, Gojong intentó concertar el matrimonio de Deokhye con Kam Jang-han, sobrino de un alto chambelán de la corte. Las autoridades japonesas bloquearon la unión.
Apenas unos días después, el 21 de enero de 1919, Gojong murió de forma repentina. No había estado enfermo. Las sospechas de envenenamiento nunca fueron descartadas y siguen siendo una seria posibilidad histórica hasta hoy, especialmente a la luz de las maniobras matrimoniales que el emperador había estado realizando en secreto. Con su muerte, Deokhye quedó huérfana de padre y, en la práctica, bajo la tutela del gobierno de ocupación japonés.
El exilio forzado
Tras la muerte de su padre, la vida de Deokhye continuó durante un tiempo con cierta normalidad. Asistió a la escuela Hinodae en Seúl y vivió junto a su madre. Pero en 1925, con apenas trece años, el gobierno colonial la obligó a trasladarse a Japón bajo el pretexto oficial de continuar su educación.
Fue una medida política, no educativa. Japón llevaba años trasladando a miembros de la familia real coreana a su territorio como medio de control y asimilación forzada. Deokhye fue matriculada en la escuela Gakushuin de Tokio, una institución de élite fundada en 1923, donde aprendió costura y cultura japonesa. Estaba lejos de su hogar, lejos de su idioma y lejos de todo lo que había conocido.
En 1930 se le permitió regresar brevemente a Corea para asistir al funeral de su madre. Era la primera vez en cinco años que pisaba su tierra natal, y sería la última durante más de tres décadas. El impacto emocional de aquel regreso fugaz marcó el inicio del deterioro de su salud mental. De vuelta en Japón, comenzó a caminar dormida, y su conducta se volvió cada vez más errática en los meses siguientes. Los médicos de la época la diagnosticaron con “demencia precoz”, un término hoy obsoleto que entonces se aplicaba a cualquier trastorno psicótico degenerativo. Según los criterios actuales, la condición de Deokhye sería reconocida como esquizofrenia, caracterizada por episodios frecuentes de psicosis.
Un matrimonio forzado, una familia rota
La enfermedad no detuvo los planes del gobierno japonés. A pesar del deterioro de su estado mental, las autoridades imperiales decidieron que Deokhye debía casarse con un noble japonés. La elección recayó en el conde So Takeyuki, descendiente del clan So, una familia que había gobernado durante siglos la isla de Tsushima, un enclave estratégico entre Japón y la península coreana, y que durante mucho tiempo había servido de intermediaria en las relaciones entre ambos países.
La boda se celebró el 8 de mayo de 1931 en la isla de Tsushima. Ninguna de las partes había elegido libremente a la otra. Él era un noble de rango medio igualmente empujado a la unión por las circunstancias políticas. A pesar de todo, según los relatos disponibles y los poemas que el conde dedicó a su esposa y a su hija, Takeyuki parece haber sido un hombre considerado y afectuoso.
El 14 de agosto de 1932 nació su única hija, llamada Masae en japonés y Jeonghye en coreano. Sin embargo, la estabilidad duró poco. Para 1933, el estado de Deokhye había empeorado significativamente, y fue ingresada por primera vez en un hospital psiquiátrico. En los años siguientes, durante la Guerra del Pacífico y la posguerra, alternó entre períodos de hospitalización y breves regresos a la vida familiar, siempre con un estado mental frágil.
Con la derrota de Japón en 1945, Corea recuperó su independencia y el sistema nobiliario japonés fue abolido, dejando al conde sin título. El matrimonio, desgastado por años de enfermedad, pobreza y tensiones, terminó en 1955.
El golpe final llegó al año siguiente. El 26 de agosto de 1956, su hija Masae desapareció en las montañas de la prefectura de Yamanashi, dejando atrás una nota con todas las características de una carta de suicidio. Nunca fue encontrada. Se presume que se quitó la vida. La pérdida de su única hija sumió a Deokhye en el capítulo más oscuro de su enfermedad.
El regreso imposible
Durante años, Deokhye languideció en instituciones psiquiátricas japonesas, casi completamente olvidada por el mundo. Corea, dividida después de la guerra en dos estados antagónicos, estaba gobernada en el Sur por el autoritario Syngman Rhee, quien se negó sistemáticamente a permitir el regreso de los miembros supervivientes de la familia real, por temor a cualquier simbolismo monárquico.
Fue el periodista Kim Eul-han quien cambió el curso de los acontecimientos. Tras localizar a la princesa en un hospital japonés, inició una campaña pública exigiendo su repatriación. Sus esfuerzos —no exentos de riesgo personal dado el clima político— finalmente tuvieron éxito. El 26 de enero de 1962, a los cincuenta años y tras treinta y siete años de ausencia, la princesa Deokhye bajó de un avión en el aeropuerto de Gimpo. Sus antiguas damas de compañía y su nodriza de la infancia, ya ancianas, estaban allí para recibirla en la pista. Ellas lloraron. Ella también lloró, al ver su patria por primera vez en décadas.
Pero el regreso no fue un triunfo. El gobierno surcoreano dejó claro que Deokhye regresaba como una ciudadana común, no como una princesa. Los periodistas que la rodearon a su llegada notaron rápidamente su deterioro cognitivo. No respondió preguntas y miró fijamente a la distancia. El titular de un importante periódico captó el momento sin piedad: “La princesa Deokhye regresa a casa y es ingresada de inmediato en el Hospital Universitario”.
Los últimos años en el palacio
A pesar de todo, Deokhye pasó sus últimos años en el hogar de su infancia. Fue alojada en el palacio Changdeok de Seúl, restablecido como residencia para los miembros supervivientes de la dinastía Joseon. Vivió allí junto a su cuñada Yi Bangja y su sobrino Yi Ku, sostenida por una pequeña pensión del gobierno.
Continuó recibiendo tratamiento psiquiátrico en el Hospital de la Universidad Nacional de Seúl, con ingresos periódicos a lo largo de los años. Murió el 21 de abril de 1989, a los setenta y seis años. En sus últimos años sufrió afasia, una condición neurológica que priva a una persona de la capacidad de entender o producir lenguaje. La mujer que había sido proclamada princesa entre lenguas, que había cruzado océanos y sobrevivido a guerras, murió sin poder hablar ni comprender una sola palabra.
Fue enterrada en la tumba real de Hongneung, al sur de Seúl, junto a su padre y la emperatriz consorte Myeongseong.
El legado de una historia olvidada
La historia de Deokhye permaneció en gran medida desconocida durante décadas, incluso dentro de Corea. La autora japonesa Yasuko Honma publicó la primera biografía seria sobre ella, traducida más tarde al coreano en 1996. La novelista Kwon Bi-young convirtió su vida en un éxito editorial en 2009, devolviendo a la princesa al centro de la cultura popular. En 2016, la película The Last Princess, protagonizada por Son Ye-jin, recaudó más de 40 millones de dólares en todo el mundo y presentó su historia a una nueva generación.
Hoy se alza un monumento en la isla de Tsushima que conmemora su matrimonio. Sus vestimentas ceremoniales se conservan en el Museo Nacional del Palacio de Corea. Y su nombre —Deokhye, que significa “virtud y gracia”— perdura como el de alguien con quien la historia tiene, como mínimo, una deuda de memoria.
Fue una princesa sin reino, una madre sin hija, una mujer sin voz al final. Pero, por encima de todo, fue la última testigo viva de un imperio que Japón enterró y que Corea tardó demasiado en rescatar del olvido.