Belém, capital del estado brasileño de Pará, se ha convertido en el centro de una tormenta diplomática y simbólica. Las declaraciones del canciller alemán Friedrich Merz, que describió el alivio de su comitiva al abandonar la ciudad tras una reunión climática, fueron recibidas en Brasil como un juicio despectivo sobre la sede de la Conferencia del Clima COP30 de las Naciones Unidas.

La polémica va más allá de un choque de impresiones entre un líder europeo y una metrópoli tropical. Abre una ventana a una ciudad que reúne importancia ambiental global, una historia compleja y una desigualdad social muy profunda.

Una cumbre climática a las puertas de la Amazonia

Belém, también llamada Belém do Pará, se ubica a orillas de la bahía de Guajará, en el norte de Brasil. Con algo más de 1,3 millones de habitantes, es el mayor centro urbano de Pará y una de las principales ciudades de la Amazonia brasileña. Su territorio incluye decenas de islas y zonas continentales, con un clima ecuatorial caluroso, húmedo y muy lluvioso que la convierte en la capital estatal más lluviosa del país.

En 2015, la UNESCO la reconoció como Ciudad Creativa de la Gastronomía, gracias a una cocina que combina raíces indígenas, africanas y europeas. Platos con açaí, pescados regionales, frutas y especias de la selva han dado a la ciudad fama internacional. Belém también alberga el Círio de Nazaré, considerada la mayor procesión católica del mundo y Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La ciudad ya ha recibido grandes eventos, como el Foro Social Mundial de 2009 y el Global Citizen Festival de 2025. Con la COP30, se ha convertido de forma simbólica en capital federal de Brasil, reflejando el esfuerzo del país por colocar a la Amazonia en el centro de la agenda climática.

Historia, progreso y exclusión

Fundada en 1616 como Feliz Lusitânia sobre territorio tupinambá, Belém nació como puesto colonial para asegurar el control portugués de la región. El Forte do Presépio y la antigua Casa de Haver o Peso, hoy mercado Ver o Peso, la convirtieron en un núcleo comercial clave para productos de la selva y ganado.

Durante el ciclo del caucho, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad vivió un auge extraordinario. El teatro de ópera Theatro da Paz, las avenidas arboladas y la llamada Belle Époque de Belém le valieron el apodo de París en América. Sin embargo, ese progreso fue selectivo: las reformas urbanas que embellecieron el centro expulsaron a los pobres hacia barrios periféricos y zonas inundables, mientras expresiones afrobrasileñas e indígenas sufrían represión.

A partir de mediados del siglo XX, la expansión urbana siguió nuevas carreteras y loteos populares, muchas veces sin infraestructura adecuada. Las ocupaciones informales pasaron a formar parte estructural del mapa urbano.

Desigualdad, violencia y vida en las favelas

Hoy, Belém presenta un fuerte contraste. Su Índice de Desarrollo Humano es alto para la región y la alfabetización supera el 97 por ciento, pero la vida cotidiana de amplios sectores está marcada por la pobreza y la falta de servicios básicos.

Es la capital brasileña con mayor proporción de habitantes en favelas y asentamientos precarios. Más de la mitad de la población vive en áreas informales, algunas sobre palafitos a orillas de la bahía, otras en tierras bajas sujetas a inundaciones. En barrios como la Baixada da Estrada Nova o la Vila da Barca, la ausencia de saneamiento adecuado expone a cientos de miles de personas a contaminación y enfermedades. Solo cerca de una quinta parte de los habitantes tiene acceso a recolección y tratamiento de aguas residuales.

Durante años, Belém apareció en listas internacionales entre las ciudades más violentas del mundo, con tasas de homicidios muy elevadas. Datos recientes señalan una caída significativa de los asesinatos entre 2017 y 2022, pero la seguridad sigue siendo una preocupación central.

Orgullo local y batalla por la imagen

Las respuestas a Merz reflejan esta realidad compleja. Autoridades y líderes sociales sostienen que no se trata de negar los problemas de Belém, sino de rechazar miradas simplistas que reducen la ciudad a un lugar peligroso y miserable, sin reconocer su riqueza cultural ni su papel estratégico para la Amazonia.

El gobernador Helder Barbalho subraya la necesidad de menos promesas vacías y más apoyo concreto de los países ricos para quienes protegen los bosques. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva utilizó el humor para sugerir que el líder alemán no conoció la ciudad en profundidad y lo invitó, en espíritu, a probar la cocina paraense, visitar sus bares y bailar con la población.

Mientras el mundo mira hacia la COP30, el debate de fondo en Belém es otro: si la atención internacional servirá para garantizar inversiones en saneamiento, vivienda, transporte y políticas sociales capaces de reducir la desigualdad y mejorar la calidad de vida. Para la población local, la cuestión no es si un europeo podría vivir en la ciudad, sino si los propios belenenses podrán hacerlo con dignidad, seguridad y oportunidades.