Poco después de la medianoche del 21 de agosto de 1968, el cielo de Checoslovaquia se llenó con el zumbido de los aviones de transporte y el chirrido de las cadenas de los tanques. Cerca de medio millón de soldados de la Unión Soviética y de cuatro de sus aliados del Pacto de Varsovia cruzaron las fronteras para sofocar un experimento que el Kremlin consideraba intolerable: un comunismo que había empezado a abrirse hacia la democracia. La Primavera de Praga —el ilusionante movimiento reformista liderado por Alexander Dubček bajo el lema de un “socialismo con rostro humano”— quedó liquidada en cuestión de horas. La ocupación dejó decenas de muertos y cientos de heridos, y transmitió un mensaje que sobrevivió a los tanques.

Cincuenta y ocho años después, en el mismo aniversario de agosto, los tanques vuelven a rodar sobre una frontera europea en nombre de la seguridad de Moscú. La tentación de trazar una línea recta de Praga a Kiev es poderosa, y un hilo real las une. Pero al tirar de ese hilo, las diferencias resultan tan reveladoras como las semejanzas, y dicen mucho sobre lo que Vladímir Putin quiere en realidad.

La noche en que llegaron los tanques

La invasión de 1968 no fue tanto una guerra como un acto de disciplina. Checoslovaquia ya era un miembro leal del bloque soviético; el delito de sus reformistas fue relajar la censura, tolerar el debate e imaginar un socialismo que respondiera ante sus propios ciudadanos. Moscú respondió con una fuerza abrumadora —según algunos cálculos, el doble de los efectivos empleados para aplastar la revuelta húngara de 1956— precisamente para evitar un combate prolongado.

Los checoslovacos no se lo pusieron fácil. En lugar de tomar las armas, arrancaron las señales de tráfico para desorientar a las columnas, discutieron con los soldados y convocaron huelgas simbólicas. Dubček fue detenido y llevado en avión a Moscú, donde le obligaron a firmar el humillante protocolo que dio inicio a la “normalización” de su país. Unos meses más tarde, un estudiante llamado Jan Palach se prendió fuego en la plaza de Wenceslao, en protesta por la resignación que se abatía sobre la nación. La reforma estaba muerta, y los hombres del Kremlin habían mostrado hasta dónde estaban dispuestos a llegar para mantener a raya a sus vecinos.

Una doctrina de soberanía limitada

De los escombros salió una fórmula. En el otoño de 1968, la prensa soviética articuló lo que Occidente llamaría la Doctrina Brézhnev: los países socialistas gozaban de soberanía, pero de una soberanía que nunca podía usarse para abandonar el campo socialista. Si se juzgaba que el sistema corría peligro en algún lugar, todo el bloque —es decir, Moscú— tenía derecho a intervenir. Era la soberanía de una casa cuyas puertas solo se abrían hacia dentro.

El eco en la Rusia de hoy es inconfundible. Cuando Vladímir Putin insiste en que Ucrania no tiene un derecho auténtico a elegir sus alianzas, en que su giro hacia Europa es en realidad una conspiración occidental montada a las puertas de Rusia, está reviviendo el mismo instinto: que ciertas naciones no son del todo libres de decidir su propio rumbo. El vocabulario ha cambiado —ya no se habla de proteger el socialismo—, pero la premisa de fondo, que Moscú posee un veto sobre el futuro de sus vecinos, es notablemente duradera.

Lo que ha cambiado es el pegamento. El bloque de Brézhnev se mantenía unido, al menos oficialmente, por una ideología compartida. Putin no tiene un credo comparable que ofrecer. En su lugar ha ensamblado algo más antiguo y difuso: la idea de un “mundo ruso”, una civilización con centro en Moscú cuyo alcance se mide en lengua, fe y memoria más que en carnés de partido. Es menos un programa que un estado de ánimo, y no pide conversión, sino sumisión.

La reversión que Putin no perdona

Aquí la analogía con 1968 empieza a tensarse, porque el mapa se ha vuelto del revés. Los países que en su día aportaron los tanques del Pacto de Varsovia —Polonia, los Estados sucesores de Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y las repúblicas bálticas que formaban parte de la propia Unión Soviética— son hoy miembros de la OTAN. La alianza que Brézhnev construyó para sujetar Europa del Este se ha pasado casi por completo al otro bando.

Esa reversión es la herida en el centro de la cosmovisión de Putin. Su descripción del hundimiento de la Unión Soviética como “la mayor catástrofe geopolítica” del siglo XX suele citarse como nostalgia; se lee mejor como una declaración de intenciones. Donde Brézhnev defendía un imperio que ya poseía, Putin intenta reconstruir uno que ya se le escapó. Esa es una tarea mucho más ardua, y explica la diferencia de método. Disciplinar a un miembro descarriado de tu propio club es una cosa; arrastrar de vuelta a un Estado soberano que se marchó hace tres décadas y no quiere saber nada de ti es otra muy distinta. No puede hacerse con una ocupación incruenta y un protocolo firmado. Requiere una guerra.

Por qué no es un nuevo Pacto de Varsovia

Por eso el atajo popular —que Putin sueña con resucitar el Pacto de Varsovia frente a la OTAN— capta el estado de ánimo, pero yerra en la sustancia. El Pacto de Varsovia era una alianza formal y multilateral de Estados ideológicamente alineados, por muy forzada que fuera su lealtad. Putin no manda sobre nada semejante. Sus intentos de construir un bloque —la Unión Económica Euroasiática, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva— son endebles y se deshilachan; esta última fracasó de forma llamativa a la hora de acudir en auxilio de Rusia y va perdiendo relevancia. No hay una nómina de gobiernos clientes esperando para enviar divisiones, ni una ideología que los una, ni una segunda superpotencia detrás de ellos.

También está la cuestión de quién es quién. Ucrania nunca fue miembro de una alianza liderada por Rusia a la que hubiera que disciplinar; es un Estado independiente desde 1991 que trata de alejarse más, no un satélite que intenta reformarse desde dentro. En 1968 Moscú cerraba una puerta en su propio lado del muro. En 2022 derribó una puerta en casa ajena. La distinción importa, porque replantea la guerra no como una exhibición de fuerza, sino, en opinión de muchos analistas, como una confesión de debilidad: la influencia que hay que imponer por la fuerza es influencia que ya no podía sostenerse por ningún otro medio.

Bielorrusia, el último satélite

Si uno quiere ver cómo es un satélite clásico en el siglo XXI, en realidad solo queda un ejemplo, y es Bielorrusia. Alexander Lukashenko, políticamente dependiente del Kremlin desde las protestas masivas contra su mandato en 2020, ha ido plegando su país cada vez más al abrazo de Moscú: un “Estado de la Unión” nominal, un trampolín para la invasión de 2022 y, desde este año, sede de armas nucleares rusas, cuyo despliegue se ensayó en maniobras conjuntas que Putin y Lukashenko supervisaron juntos. Minsk ha entregado buena parte de la soberanía que los reformistas de Praga murieron intentando ampliar.

Pero Bielorrusia es la excepción que subraya la regla. Está atada a Rusia no por un proyecto compartido y libremente asumido, sino por la supervivencia personal de un gobernante aislado que se ha quedado sin otros patrones. Eso no es el Pacto de Varsovia renacido; es su imitación más pálida: un único cliente dependiente, sujeto por la coacción y no por la convicción, que hace las veces de toda una constelación de aliados perdida.

Un imperio reconstruido, no conservado

Nada de esto zanja el debate sobre las causas profundas de la guerra, y la honestidad exige reconocer la versión contraria. El Gobierno ruso, y una corriente del pensamiento realista occidental, sostienen que la ampliación de la OTAN hacia las fronteras de Rusia fue en sí misma una provocación, y que la reacción de Moscú es una respuesta defensiva a esa intrusión y no un proyecto imperial. Otros replican que las naciones recién liberadas de Europa del Este eligieron la OTAN precisamente porque recordaban 1968, y que tratar sus decisiones como una imposición occidental no hace más que repetir la vieja negación de su capacidad de decidir. El debate está genuinamente abierto, y el efímero y titubeante alto el fuego de este verano —anunciado con fanfarria, desvanecido en cuestión de días— sugiere lo lejos que aún queda cualquier solución.

Lo que ilumina el aniversario no es una ecuación, sino una continuidad de mentalidad. De la Praga de 1968 al Kiev de hoy, una gran potencia ha insistido una y otra vez en que la libertad de sus vecinos es negociable y su propia seguridad no; en que una nación en la frontera de Rusia posee su soberanía solo en préstamo. Brézhnev envió sus tanques para impedir que un imperio se abriera. Putin envía los suyos para forzar a uno a recomponerse. La tragedia que une los dos agostos, a lo largo de cincuenta y ocho años, es la misma convicción —que un país vecino de Rusia nunca tiene del todo derecho a elegir su propio camino— y el mismo descubrimiento, hecho de nuevo en Ucrania, de que hay gente dispuesta a morir antes que ceder en ese punto.