Un paisaje renacentista de poder y agua
Al norte del centro de Florencia, sobre las suaves colinas de Castello, una avenida arbolada conduce a una villa clara que durante siglos definió la imagen de la Toscana. Hoy la Villa di Castello parece silenciosa y reservada, pero durante el dominio de la familia Médici fue un vibrante escenario de poder y cultura, diseñado para impresionar a embajadores y visitantes mediante un espectacular control del agua.
La residencia se encuentra muy cerca de otras propiedades de la familia, como La Petraia y La Topaia, y forma parte del conjunto de villas y jardines de los Médici reconocidos por la UNESCO como Patrimonio Mundial. Sin embargo, la historia del lugar comienza mucho antes, en época romana, cuando por esta zona pasaba un acueducto con cisternas (llamadas castelli) que terminaron dando nombre a la localidad: Castello dell’Olmo.
En el siglo XV, Lorenzo y Giovanni di Pierfrancesco de’ Medici compraron una casa de campo ya existente y la ampliaron. La importancia cultural de esta villa fue tal que, años más tarde, llegó a albergar obras maestras de Sandro Botticelli como La Primavera y El nacimiento de Venus (hoy en los Uffizi), trasladadas allí para decorar las estancias de la familia.
El gran proyecto de Cosimo I
Tras la guerra y el asedio de Florencia (1529-1530), la zona quedó devastada. Cuando el duque Cosimo I llegó al poder en 1537, decidió reconstruir la villa donde había pasado su infancia. Para ello, encargó al arquitecto e ingeniero Niccolò Tribolo tanto la reforma del edificio como el diseño de un nuevo jardín. El objetivo era doble: crear una residencia de representación política y una alegoría viva de toda la Toscana.
Tribolo organizó el jardín en terrazas alineadas con la fachada posterior. En la parte más alta, una gran escultura de los Apeninos simbolizaba la cadena montañosa, mientras que dos corrientes artificiales representaban a los ríos Arno y Mugnone. Las fuentes, estatuas y grutas no eran solo decorativas: celebraban las virtudes de la Casa Médici y los beneficios que su gobierno traía a Florencia.
Terrazas, cítricos y grutas
En la primera terraza, dieciséis parterres rodean una gran fuente central coronada por el grupo escultórico de Hércules y Anteo, obra de Bartolomeo Ammannati, que originalmente lanzaba un chorro de agua de gran altura.
La segunda terraza es conocida como el Jardín de los Cítricos. Está flanqueada por dos limonares (invernaderos) que en invierno resguardan unas quinientas plantas en maceta. En primavera y verano, estas grandes conchas de barro se alinean al aire libre mostrando variedades antiguas y curiosas, desde los enormes pampaleoni hasta pequeños limones rugosos.
La tercera terraza conduce a la Grotta degli Animali (Gruta de los Animales), una cueva artificial ideada por Tribolo y terminada posteriormente por Giorgio Vasari. Su interior es un espectáculo de concreciones calcáreas y mosaicos de guijarros, donde vasijas de mármol sostienen grupos de animales tallados en piedras de distintos colores. Un complejo sistema hidráulico hace brotar agua desde el suelo, la bóveda y las propias esculturas, envolviendo al visitante en una lluvia fina y reflejos sobre la roca húmeda.
Más arriba se encuentran los jardines secretos y el bosquecillo (el selvatico), con una fuente cuadrada presidida por la estatua de Enero (o del Apenino), también de Ammannati. Más allá se abre el parque paisajístico añadido posteriormente por la dinastía de los Lorena, con senderos rectos entre encinas y robles.
En el siglo XX, la villa se convirtió en la sede de la Accademia della Crusca, la institución más importante dedicada al estudio de la lengua italiana. Desde 1984, el jardín posterior funciona como museo estatal y, tras décadas restaurando sus fuentes y limonares, recibió en 2013 el premio al parque público más bello de Italia.